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De Quimeras y Ensoñaciones

Relatos

El Estanque

Antes de ti había Nada, después de ti habrá Nada. Sé tú.
Antes únicamente existía una inmensa capa de vapor de agua, tan expandida en si misma que daba vueltas y vueltas por el terráqueo sin llegar a encontrarse nunca y sucedió que, como todas las cosas que crecen, el principio, a veces choca con el final y se producen empujones y todo se aprieta y el vapor de agua se contrae, se hace pesado, se forman algodones en el firmamento, algodones blancos, donde todas las gotas se cogen de las manos y viven lunas de miel. ¡ Que felices son las nubes de algodón ! ( Que buenas son, que buenas son, que buenas son las madres Agustinas, que buenas son que nos llevan de excursión ), Y cuando los algodones limpian el cielo la tierra les mira y espera porque sabe que algo ha de suceder.
Y pasado el primer tiempo del encuentro en que la química lo suele ser todo, y las parejas se conocen ya tanto que no tienen que decirse, ( ¿cuatro años? ), llega en unos la costumbre, en otros el aburrimiento, en otros las ganas de nuevas emociones, las ganas de libertad, una gran familia de hijos, y la nube que flota en el azul, sus gotas de agua a veces se vuelven radicales libres, se separan y la nube desaparace y la pobre tierra tiene que esperar otra ocasión, pero a veces las gotas de agua de la nube se quedan embarazadas, aumentan y crecen y crecen y se hacen pesadas, menos que una vaca en brazos, pero mas pesadas que el hermano global que las sostiene en el techo y las gotas de vapor preñadas que forman parte de la nube de algodón rompen aguas, y lo hacen por solidaridad las unas con las otras, como las mujeres que sincronizan sus periodos cuando conviven juntas, y empieza a llover. Y caen los bebes a millones sobre una tierra sedienta de neonatos, millones y trillones y cuatrillones de gotitas de agua de lluvia se estrellan contra suelos duros, blandos, rocas, hierbas, hojarasca, asfalto de ciudad, y el nuevo mundo las traga sin piedad, no deja que lleguen a ser nada, pero Mama Naturaleza sabe mas que nadie y se queda preñada muchas veces y tiene muchos hijos y entre todos ellos siempre hay unos pocos, los mas afortunados, que sobreviven para crecer, el agua de lluvia, como las huevas del salmón , alimentan muchas vidas a consta de morir ellos, depredadores, carroñeros, raíces sedientas de agua se encargan de aprovechar los excedentes antes de que se pierdan, por tanto podemos establecer tres tipos de bebes, los que no son útiles para nada y se pierden en la nada, los que son útiles para algo o alguien que los usa en su provecho y ellos desaparecen y los que crecen y se desarrollan, estos últimos nada mas caer pueden ser ya ancianos si su lecho es la mar oceana , pueden ser adultos si caen en ríos maduros o, lo mejor de todo es nacer siendo un bebe, por lo que empecemos como se empieza todo que se inicia, es decir, por su principio. Hay que ver lo que se puede enrrevesar una historia, metaforar hasta lo increíble, hacer pensar al leedor de este relato, y para los que solo leen sin pensar, para aquellos que un libro de cientos de paginas tardan menos de un año en leerlo, les diré que todo el introductorio anterior se resume en y se formaron nubes en el cielo y empezó a llover sobre la tierra.
Pues bien, las infantes gotas de agua nacen unas con un pan bajo el brazo, aquellas que caen en tramos suaves de montaña, rodeadas de verdes vistas y bellas y con el camino despejado de obstáculos, otras no pueden decir eso, pueden caer en barrios marginales de grandes urbes, en países subdesarrollados llenos de miserias y rodeados de hastío, estos son los de agrestes roquedos, siempre saltando, dando tumbos, rompiéndose en mil pedazitos con cada trompazo contra el suelo, el hambre, la malaria, la mala hierba de los bajos fondos de los riachuelos de la ciudad, del picacho de mala muerte donde cae la gota de agua.
Pero Asi y todo la gota sobrevive, una feliz, la otra infeliz, y se sociabiliza, se junta con otras hermanas y van creando una sociedad incipientemente imberbe, hilillos contenedores de vida, pequeñas culebrillas que van arañando la tierra a dentelladas … y calientes, y en los libros de geografía les ponen un punto y les dan nombre, ya están registrados en el registro civil, ya han nacido, el río fulano nace en los picos de mengano, y la vida se hace mas entretenida, se tiene una familia, se esta protegido rodeado de hermanos por todas partes que te defienden a capa y espada de todas las injusticias y ya no te perderás , no desviaras el camino, es época de ir conociendo, de abrir los ojos, de dar los primeros pasos, de ver que el mundo es algo mas que uno, y al crecer el río se hace mayor, con menor ímpetu, pierde energía poco a poco, se vuelve mas serio, no quiere ya juegos que le divirtieron hasta ayer mismo, y llega un periodo difícil donde no sabe que camino tomar y a veces se pierde por ramas oscuras y a veces la gota se estanca, nadie le empuja desde atrás, nadie le anima a seguir y cae en pozas tranquilas de agua, donde la paz es reina, pero una paz que dura mucho es aburrida, sin interés, en los estanques, el agua esta estancada, sin ilusión , sin ganas de cambiar, de un perezoso que hace temblar, al agua estancada nadie la molesta, pero se va muriendo de ganas de vivir, y no hace nada, ¿será feliz el agua estancada?, no sufre, pero no tiene emociones, esta tranquila, pero pierde experiencias de vida, nadie la hace sufrir, pero no conoce gentes, buenas y menos malas y no salta, no tiene ganas y hay veces que una tormenta de verano llena el estanque y empuja a continuar la vida, crea salidas hacia el mar, pero la gota que hace, ¿Se queda en el estanque?,
¿aprovecha el empujón para salir?.

El perro que barrunta a muerto

Las campanas de la única iglesia de ese pueblo pequeño amanecían tañiendo languida, quedamente. ¡ Alguien había muerto!
En el silencio del amanecer se elevó hacia las montañas un lamento, algo ó alguien aullaba, no era como el grito del lobo en el invierno, salía de una garganta domesticada, era él, ese diablo negro, con una mancha en la frente y sin rabo, cortado por su dueño cuando aun era un cachorro.
No era un ladrido, era un gemido profundo, un lamento, un grito desgarrador, ¡ El perro lloraba !
Durante tres días y tres noches, el diablo rabicorto lloraba aullando hasta que el muerto era enterrado, su grito era el grito de ese pueblo.
¡Nadie podía dormir!
De día, de noche, el perro recordaba a todos, que aquel a quien conocieron, amaron, respetaron, gastaron bromas u odiaron , había muerto. .
- ¡ Hay que matar a ese perro ! Sólo trae desgracias. ¿No le oís como chilla ? , es un mal agüero. Siempre que él aúlla alguien muere en el pueblo ¡ Hay que matarle ! .
- Nadie matará a mi perro, él no trae la mala suerte, ¡ Es todo lo que tengo !

Una noche de enero, el aullido del perro se confundió entre el de los lobos. ¡ Alguien había muerto !

- Ha vuelto a matar, ese perro del diablo .
- El no ha sido, ¿no lo veis? , No es mas que un pobre bicho que me hace compañía en estos largos y fríos días, yo ya soy viejo.
- ¡ Le vamos a matar, viejo !
- ¡ No ¡ ¡No! . El sólo es un perro.
- ¿Porqué ladra así cuando alguien muere ? ¡ Porque es el diablo ! ¡ Porque va reclamando el alma del difunto!
- No. él sólo, ....... , sólo tiene un sentido más que nosotros los hombres, no sé, él no se ríe, cuando se ríe y juega conmigo es feliz, pero cuando aúlla así es la cosa mas triste que jamás he visto.
- Si él es el diablo, tú también debes serlo, viejo, cuando tanto le defiendes.
- Mi perro olfatea el viento y el viento le trae mil olores, y el viento es el que le dice que aquel que ayer le acarició ya no volverá a hacerlo, y mi perro llora por eso y le dice adiós durante tres días, algo que vosotros no sois capaces de hacer, aunque ese que ha muerto siempre os quiso.
- ¡Viejo blasfemo, te voy a matar ¡ ¡Te vamos a matar!
Una escopeta
Dos disparos
Un hombre y un animal rabicorto muertos
..... Y en el silencio del amanecer el centenar de perros lanzaron sus aullidos al viento, el centenar de perros del pueblo lloraron 2 muertos durante tres días y tres noches.
¿Eran diablos todos los perros y todos sus dueños ? .
No. Ninguno de ellos lo era.

María

Era joven, informalmente vestida, universitaria, de piernas larguísimas, tan largas que de un salto se diría que podría cruzar el Guadalquivir, menuda y delgada, peligrosamente anoréxica, famélica. El cabello era largo, liso, negro, pulcro, terso, lustroso; los ojos eran grandes, negros, limpios, de un lignito azabache; su piel era bronceada, bruñida caribeña; pelo oscuro, ojos oscuros, piel oscura. Todo lo demás era claridad en ella. Claridad de ideas, claridad de deseos, claridad de sentimientos, claridad de emociones, claridad de pasiones, claridad, claridad.
Regresaba de ... ,de ..., no se, de algún lugar, de algún universo propio donde había transcurrido su mañana. Ó quizá es que llegara a su destino, claramente iluminado en su mentalidad independiente.
El tren era lo suficientemente grande y los pasajeros lo suficientemente insuficientes para que estos se pudiesen colocar cómodamente y a su libre albedrío. Teníamos a María, colocada en un rincón de seis asientos vacíos, teníamos al hombre del bastón blanco sentado cuatro bloques de plásticos asientos más cercano a la puerta. Teníamos a los cuatro apañeros de curro, conversando alegremente sobre las frías aguas de las playas de Ayamonte. Teníamos a dos caballeros trajeados, con corbata y maletines portafolios. Teníamos a tres puritanas abanicándose. Y teníamos al resto de la gente.

- Es increíble, la juventud de hoy - Una vocecita femenina comentaba en la privacidad de la cercana lejanía - no tienen respeto por nada ni por nadie, visten tan indecentemente que lo van enseñando todo, se le ve todo el ombligo. Y no puedes decirles nada, porque encima te sacan las uñas y te llaman de todo. Mira esa de ahí, ¿Tú te crees posible como va?. Como me gustaría que pasara el revisor para que le dijera algo. ¡ Mírala ! , Toda despatarrada, con los pies encima del asiento. No hay vergüenza ninguna, ni respeto, ni nada, esta juventud se nos está echando a perder entera, pero es que no se salva ni uno, es que ni uno, te lo digo yo.

- Esto no hay quien lo aguante - Un vozarrón masculino, pero en susurro, comentaba a su acompañante- así no es posible concentrarse en este dichoso asiento de contabilidad, maldito ordenador portátil, siempre se cuelga cuando ya estás a punto de terminar, y dichosa mocosa, ya podía bajar un poco la música de sus cascos, se va a enterar todo el tren, hay que joderse, estos niñatos que no han trabajado en su vida, que no han dado un palo al agua, se creen que todo el tren es suyo, son unos irrespetuosos con los demás, unos insolidarios. Se creerá que está en su casa. Vamos, esta es de las que en su casa no debe ni de ayudar a poner los platos en la mesa. Menudo viajecito me está dando con esa dichosa música gritona.
- Y a mí, que no me ha dejado dormir, tú no te quejes, pero yo he estado a punto de cambiarme de sitio. Porque son las tres de la tarde, sino, te juro, que si hubiese dado con esta niñata esta mañana, sin dudarlo me cambio no ya de asiento, sino de vagón.

Y mientras los cuatro compañeros de curro escuchaban como uno de ellos contaba sus batallita en la playa, el más joven miraba emotivamente la figura sensualmente quijotesca de María, cuya mirada perdida vagaba entre las palabras de la letra de la canción que escuchaba en sus cascos, una musiquilla tranquila, suave, romanticona, empalagosa y apenas audible para el resto de los pasajeros más allá de ella misma, excepto los dos trajeados que viajaban al lado y oían un susurro, menos imperceptible que el traqueteo del tren ó el hilo musical con música clásica del ferrocarril de cercanías. Y claro, era un transporte público aquello, no una biblioteca, ni la sala de cuidados intensivos de un hospital, ni había tampoco un cartel que dijese : "Se ruega Silencio, Por favor"

Por los altavoces se escuchó, "Próxima parada, fin de trayecto”.
María bajó los pies del asiento, los limpió con la mano, el poco de polvo que se había acumulado de siglos, dejó el asiento más limpio que antes de cuando ella posase sus pies sobre él, guardó su música y aguardó la salida y apertura de las puertas.

El hombre del bastón blanco, delante de la puerta, preguntó: ¿Es esta la salida? .
Si - Le contestó el joven del grupo de los compañeros de curro, a su lado. Los dos trajeados estaban detrás, detrás las tres puritanas y María aún esperaba tranquilamente en su asiento a que el tren se detuviera por completo y todo el mundo huyera a través de la marea de borregos, hacia la salida. Al fin y al cabo era final de trayecto. Que la gente se atropellen unos a otros. ¡ Qué prisas ! .

Las puertas se abrieron, los cuatro compis del curro salieron los primeros, el más joven se quedó mirando al invidente, viendo como tanteaba con su bastón los peldaños de la escalerilla, el escalón de salida, por un momento estuvo en un tris de ayudarle, se detuvo un segundo con intención de cogerle del brazo y apearle, pero por vergüenza por un lado, por no estorbar al resto de la gente que salía, por otro y por que observó muy claramente que el ciego se las arreglaba a las mil maravillas, tanteando con el bastón y poniendo su pie derecho en el escalón, no hizo nada, y siguió a sus compañeros que le esperaban un poco más allá preguntándose, ¿Que hace éste, por qué se ha parado? .
Los dos trajeados, impacientes, detrás de él, le llegaron a dar un leve empellón que le desequilibró parcialmente.
- Lo siento - dijo el hombre del bastón blanco - Soy ciego
- No Debería usted venir en tren - dijo uno de los trajeados - No ve que interrumpe al resto de los viajeros.
- Tiene usted razón, joven- dijo una de las puritanas - no se debería permitir que gente así viajara, y no lo digo por nada, pero es que puede tener un accidente el día menos pensado. La gente se lo puede llevar por delante. Hay mucho tumulto en estos sitios.
La gente se aglomeraba en los torniquetes de salida. Los trajeados y las puritanas iban charlando sobre la prohibición que tenían que instaurar para que estas "clases" de personas no pudieran viajar en horas de afluencia de público en transportes de viajero, algo así, similar, a como cuando prohiben circular los camiones los días de la operación salida u operación retorno de las vacaciones o puentes o fines de semana. Vamos, que las personas son como objetos ó máquinas.

Y mientras ellos y ellas hablaban vanamente, el joven trabajador, vio como María, caminando simpáticamente agarrada del brazo del hombre del bastón blanco, adelantaba con paso firme, seguro, tranquilo, justo en las puerta de salida del andén, al resto del grupito que pretendía hacer una ley sobre atascos y le ayudó a atravesar por las portezuelas de plástico automáticas de salida.

- Muchas gracias, señorita - dijo el ciego -
- Ha sido todo un placer. Voy en dirección a la plaza, le puedo acompañar.
- No es necesario, yo voy en dirección contraria. Hasta pronto.

¿Quién es el invidente?.
¿Quién es el insolidario?.
¿Quién es irrespetuoso? .
¿Quién es María?"

Cuento macabro

Este cuento se lo oí contar a mi tío Joaquín, allá en Extremadura, hace un porrón de años.
Él lo contaba muy graciosamente, y a su manera, y al final nos reíamos todos en la forma en que se expresaba, recuerdo que él decía sonsoles, no consomé. Yo lo cuento a la mía.

Acaeció un lejano día que a sus oídos llegaron las buenas nuevas que en un pueblo a menos de veinte leguas de por donde transitaba con su recua de mulas, existía una leyenda, según la cual, la gente de aquella villa nunca moría, el cementerio del lugar estaba yermo e improductivo, contaba la leyenda que el enterrador había abandonado el pueblo, huyendo del aburrimiento. El arriero, queriendo comprobar ese idílico hecho, acercose al lugar por insana curiosidad. Dejó sus mulas en el abrevadero, descansando, y se encaminó hacia la tasca, que a la entrada del pueblo, parecía bullir de charangas y voceríos.
Apartó las cortinas hechas de chapas de cerveza y se topó de frente con una celebración.
¡ A saber de que!
En la que corrían por las mesas, butifarras, chorizos, morcillas, costillas, carne magra, tocino, migas con panceta y pimiento rojo y vino, cerveza y una especie de sangría roja, roja, en cubas llenas de hielo y rodajas de limón. Y fue invitado al convite, a participar de aquel ágape con todos los honores, como uno más del pueblo.
En su vida había comido unos chorizos tan tiernos y sabrosos, deliciosamente condimentados, de chuparse los dedos y rebañar el plato con las migas de pan en la salsa sobrante. Y la sangría, sobre todo la sangría, aderezada con alcohol, le ponía el puntito alegre a la parranda.

Se sentía como en su casa. Mejor aún. Tan cómodo se hallaba entre aquella gente, que decidió quedarse. Parecía un lugar de gente amable, sana y agradable y le picaba la curiosidad de desvelar el propósito que le había llevado hasta ese rincón, confirmar o desmentir los rumores que corrían.
Conoció a una mujer que le pareció muy linda, a la que cortejó, amó y vivió un noviazgo de unos meses y con la cual acabó contrayendo matrimonio.

Cada cierto tiempo, en la tasca se celebraban festejos.

De aquel matrimonio nacieron dos hijos mofletudos y coloradotes y la dicha se hacía monotonía, sin nada resaltable, excepto los días de celebraciones en la tasca, cuando todo el pueblo celebraba algún que otro acontecimiento.
Su trabajo como arriero le llevaba estar muchos días alejados del pueblo, en el camino, buscando otros lugares donde trapichear y mercadear sus montones de leña arrancadas al bosquecillo cercano de donde se aprovisionaba para su venta posterior y era por este motivo, por lo que no andaba muy atento a los acontecimientos sociales de su pueblo, a pesar de llevar siete años viviendo en él, aparte de las historias de comadres que le contaban su esposa y su señora suegra, quien acudía a visitarles casi todos los días y mostraba un amor de madre hacia su hija rayando en lo paranoico, permaneciendo cuando el marido no estaba, en su propia casa.
Pero un hecho luctuoso vino a entristecer la dicha del arriero. Su esposa cayó enferma, unas calenturas la habían cogido y se habían ensañado con ella. El marido no se apartaba, ni de día, ni de noche de su lado, y tenía descuidado su trabajo. Un día que el marido vio que una ligera mejoría asomaba a su rostro, partió del pueblo a vender la leña, no sin llevar consigo un atisbo de preocupación en su rostro por el estado desmejorado de su amantísima esposa.
Al regreso, dos días después, no halló a su mujer ni a sus hijos en su casa como era costumbre a aquellas horas, sino que encontró en su lugar a su suegra ,embutiendo carne picada en tripas, la cual al verle aparecer hablole de esta manera:

- Aquí tienes, querido yerno, unos buenos hilos de chorizos y encima de la mesa un consomé para chuparse los dedos. Hoy podremos tener celebración en la tasca.

¡En el pueblo, la gente no se moría, los mataban antes!

Y luego de matarlos, se los comían.

El arriero, horrorizado al oír y ver aquello en boca de la madre de su esposa, la cual adoraba a su hija incluso más que él, decidió escapar del pueblo como alma que lleva el diablo, llevándose consigo a sus dos hijos.
Al cruzar un arrollo, cogió a uno de ellos bajo el brazo y al otro se lo cargó sobre sus espaldas, al tronchín, para de esa manera mejor cruzar al otro lado.
El que iba montado a la espalda, cuando iban a la mitad del charco, exclamó :

- ¡ Qué buen pescuezo tiene padre para hacer consomé !

Y el padre, en ese mismo instante, allí mismo los ahogó a los dos mientras exclamaba:

- ¡ Conque para consomé, eh, para consomé ¡

Mujer vestida de rojo

Le tenía miedo a la muerte. Era su peor pesadilla.

Todo empezó un día, ese día que vio la muerte, vestida de rojo, danzando en su derredor, pero a él aun no le tocaba su turno en el juego.

No. Había venido a bailar con otro. Navajas bajo luces de neón por una mujer. Gritos en medio de gritos. Figurantes bailando el rito de las pasiones entre bambalinas. Hojas de acero manchadas de rojo carmín – ojalá fuese carmín labial - de rojo bruñido, cual vestido de mi lady, de la muerte que miraba de cerca.
Cobardía e ira, frustración, odio, venas ensanchadas.
Y entre sus brazos sujetó el cuerpo del moribundo apretándolo contra su pecho, mientras unos pasos cobardes, pusilánimes, huían del lugar del homicidio, del hombre que habían matado con una puñalada traicionera que le iba anegando el alma,- los cobardes siempre huyen a esconderse, los amigos se quedan hasta el final, siempre hasta el final-, y él estaba allí, sujetando su cabeza contra su pecho, y…
… La vio acercarse, lenta, con parsimonia, sin prisas, y al llegar a su lado, la mujer de rojo le dio un beso en la mejilla que le heló la cara, le coaguló la sangre en las arterias y le congeló el alma. Después se llevó la vida que él inútilmente sujetaba.
Hubiese deseado en ese instante que su amigo hubiese sido un gato persa para no sentir el rigor mortis entre sus brazos.

Fue el principio de su agonía.
Se despertaba en medio de la madrugada, en medio de un grito de pavor, pálido y sudoroso, cansado, como si hubiese estado batallando contra un ejército de combatientes sedientos de su energía, paralizado. Terminó por no dormir, por caminar en la noche, vagando entre callejuelas frías y oscuras, huyendo de su miedo. ¿Que pasaría si un día no se despertaba? ¿Si volvía a ver a la mujer vestida de rojo?.
Dejarlo todo. Ser nada. Su vida, sus amigos, sus viajes, sus mujeres, su familia, su trabajo, sus aficiones, su realización personal.
Una noche de insomnio, caminante sin rumbo entre soledades nocturnas, y camiones ruidosos de basura, se detuvo ante un sin techo, un vagabundo que dormitaba junto a una botella en el rincón de un portal abierto; una ratita correteaba a sus pies royendo los restos, las migajas de una magdalena desmenuzada junto a..., ¿junto a los pies? ¿o era acaso la cabeza? del periodístico tumbado, si, un señor cubierto de cartones y hojas de periódico, ¿sería posible que fuese mujer? , no, le dijo una vocecita dentro, no es una mujer, y esa vocecita le hablaba así porque una mujer en la calle cubierta de periódicos le hubiese hecho cambiar de actitud. La habría despertado, habría llamado a un taxi, la habría subido a su habitación, la habría dejado dormir en su cama, la habría dejado su casa para ella por esa noche, mientras él continuaba su caminata noctámbula por entre callejones desiertos y a la mañana..., a la mañana, cuando él volviera, ella ya se habría ido, se habría llevado algo de valor o todo, o quizás le hubiese dejado preparado una taza de café en la cocina y un gracias escrito en la servilleta de papel. Nunca lo sabría, porque su Pepito Grillo le decía que era un hombre y viejo… -¿viejo?, ¿no joven?- , sin familia, sin techo.
Y muy ilustrado. Dormía con las últimas noticias del día, bueno, quizá eran noticias viejas, de la semana pasada, pero eran "news" y por tanto, un señor ilustrado atrasado, no atrasado de mente, demente no, ¿o también?. Atrasado ilustrado del mundo.
El hombre que no podía dormir porque le tenía miedo a la muerte, a la mujer de rojo, no quiso pensar que el ilustrado periodístico tumbado del rincón de aquel portal no supiera leer. Pero podría soñar con las fotos en blanco y negro de las portadas que tapizaban sus ojos en los días de más frío,-como el de hoy- con ser presidente de gobierno, ministro, estrella del balompié, ó mujer de bandera del estrellato Hollywood-iense.
La ratita de ciudad al intuir la presencia sonámbula de un aguafiestas en su banquete de restos de magdalena, levantó los ojillos, meneó los bigotes olisqueando el olor a jabón y a colonia del extraño humano entrometido y agarró las de Villadiego, trepando por encima del montón de hojas que cubría el rostro del durmiente, las cuales resbalaron de su cara, mostrándola a la noche y a un sonámbulo con miedo a la muerte, y el roedor desapareció.

Entonces al verle el rostro, el hombre con miedo, corrió, huyó lejos.
La muerte tendría también esa forma. No solo belleza de mujer.

A veces pasaba las largas noches de insomnio comiendo palomitas de maíz regadas con cerveza, delante de un puzzle inmenso de 1.000 piezas del Taj Mahal. O mirando películas en blanco y negro de Joan Fontaine, la mujer con los ojos más increíblemente hermosos que había visto. Esa noche volvió a visualizar Rebeca por enésima vez. Eso eran sus noches en vela, de insomnio, de huida. Huía de la muerte.
El día era normal, miedo a la muerte, pero rodeado de extraños a veces, de amigos otras, ella parecía no querer acercarse y él parecía y aparentaba alejarla de sí con manotazos, como si estuviese apartando moscas atraídas por el dulzón y agradable olor, para ellas, del sudor que le rodaba por la frente, cuando alguien mencionaba la palabra maldita.

Y un día dejó de ver televisión, de leer periódicos, de oír noticias en la radio, su viejo tocadiscos y sus discos de vinilo era lo único descontaminado de la palabra maldita, dejó de salir a la calle por el día.

Dejó de Vivir por miedo a la muerte. Paradójicamente, así fue, así pasó.

Y un día le tocó el turno de tirar los dados, y le salió el seis doble, premio para el caballero, le tocó el premio gordo, la muñeca de la tómbola. Allá apareció la señora vestida de rojo, a la que reconoció al primer vistazo, no había cambiado nada, era la misma imagen de hacía..., uf, hacía décadas, siglos, toda una vida cuando la vio por única y primera vez bajo las luces de neón en un cruce de navajas por una mujer teñido de sangre y muerte y desde entonces había estado huyendo de ella, temiéndola, temblando por los rincones cual flan después de desmoldar sobre la porcelana, ese miedo, ese terror, el pánico inventado e irreal, imaginario, paranoico esquizoide, con el que había estado viviendo…. Reflexionó, la miró a los ojos y rebobinó sus pensamientos…
¡Con el que había estado muriendo!.
Esa era la idea, el miedo con el que había estado muriendo desde que un día, en un instante, la vio ... , ese miedo, ahora que la tenía delante, había desaparecido. Se esfumó como la ratita del vagabundo. La tenía delante y no le tenía miedo. Era libre. Estaba Feliz. La muerte llamando a su puerta y él la recibió sonriendo, vitoreando su victoria, la de él, no la de ella.
La recibió con los brazos abiertos, como se recibe a un amigo, sin miedo, con gozo, sin temblar, con un gesto de complacencia en el rostro, con ojos brillantes, con las cadenas desmembradas en eslabones desunidos, con el muro deshecho en bloques de cemento esparcidos sin argamasa que los uniera. Ya no había cadenas ni muros, ni miedos, se sentía bien a su lado. Libre, por fin libre.

La sirena de una ambulancia rompía el silencio de la noche.

Seguía feliz a su lado, le pidió un baile, estaba preciosa vestida de rojo, tocaban para ellos dos, danzaba con la muerte en medio de la pista central de baile, despacito, agarrados con dulzura, dejándose llevar por la melodía, flotando sobre nubes de algodón dulce.

Y entonces alguien tiró de él con mucha fuerza. Noooooooooooooooooooooo.
Sobre la mesa de operaciones los nervios se hacían patentes, no importaba la costumbre de ver muchas veces a la mujer de rojo llevárselos, pero si vencían a la muerte, habrían triunfado.
Luces, agujas, pantallas, batas verdes, adrenalina, palabras de ánimo, Venga, ya lo tenemos, ya vuelve, parece que recupera el pulso. Sí. Ya bombea.

La mujer de rojo se iba perdiendo entre tinieblas.
No te vayas. No te vayas. Quiero volver a bailar contigo. Ahora que he aprendido a conocerte, a no temerte, quiero estar a tu lado.
Vuelve. Por favor. Ya no te tengo miedo. Creo que te quiero.


Cuando el miedo a la muerte no te deje vivir, la muerte vivirá por ti.

La lectora

En sus rondallas matutinas había encontrado un lugar idílico, un lugar bucólico y pastoril. Plácidamente instalado en el maremagnum de la ajetreada ciudad se escondía como por arte de Birli Birloque un paraíso por descubrir, narcolécticamente seductor, relajante, sedante, un rinconcito al que se llegaba a través de un paseo bordeado de pinos primorosamente ajardinado, un paseo de pinos limpio, cuidado, solitario, casi virginal, verde, intensamente verde, donde el silencio apenas se rompía con el trino de los pájaros y el canto de los grillos, ese canto de los machos chicharreros al frotar sus élitros, un paseo bordeado por plantas aromáticas, melisa, lavanda y santolina, una especie de jardín tal cual fuese diseñado por el arquitecto que forjó los jardines de Babilonia y …

La Lectora se trasladó a la mitad del primer milenio a. .J.C., al imperio de Nabucodonosor II, a la ciudad babilónica y se transfiguró en su esposa, hija del rey medo Ciaxares y asistió a las ceremonias del templo Marduk y se paseó por la avenida procesional adornada con 120 leones, que conducía desde una de las puertas abiertas en la gran muralla doble franqueada por un foso, que rodeaba la ciudad, la puerta de Ishtar, nombre de una de sus divinidades, y decorada con policromados y esmaltados, hasta el gran zigurat del templo, la torre piramidal escalonada que conducía hasta el santuario de la Divinidad. Y paseó por el puente de piedra que cruzaba sobre el río Eúfrates que dividía Babilonia en dos. Y se paseó por su fastuoso palacio y sobre todo, por encima de todo, se recreó entre los primorosos jardines colgantes, un regalo de su esposo, jardines sustentados sobre bóvedas descendentes, jardines de ensueño, una de las siete maravillas del mundo.

La Lectora siguió caminando por el paseo de los pinos y en un récodo del camino, semioculto, íntimo, halló un banco y una mesa de piedra, un acogedor escondrijo para hacer revivir los personajes de sus libros. Se sentó en la piedra y abrió su novela. Volvió a Babilonia con Voltaire, a ser la princesa Formosanta. Tres reyes se disputan su mano, pero el faraón de Egipto, el Sha de las Indias y el gran Khan de los escitas son vulnerables ante la destreza y el talento de un joven desconocido que dice ser hijo de un pastor. La lectora se enamora de ese joven, Amazán, y emprende un peregrinaje detrás de este mancebo, el cual creyéndola infiel con el Rey de Egipto, viajará por tierras extranjeras, jurando no amar a nadie más que a Formosanta y no serla infiel, enseñándola cómo se pueden vencer las tentaciones y pasiones que en forma de bellas y seductoras mujeres se le ofrecen y él le es fiel, resiste, hasta llegar a la capital de los galos, gentes ociosas, frívolas y alegres y el joven olvida su promesa rendido ante la belleza de una joven, y es esa debilidad lo que le hace más humano y le afianza, no desbaratando su amor por Formosanta, sino que lo incrementa con nuevas promesas.

La Lectora se ríe, encima de la mesa dos niñas de doce años platican descaradamente, ella escucha, al parecer, la mas pizpireta se llama Lolita, la otra, Ardid, y Lolita le está diciendo a Ardid, en plan burlón, que ese nombre es estúpido, que parece un nombre de cuento que se lo hubiese puesto la Dama del Lago, y Ardid le responde que eso es imposible, pues la Dama del Lago es su más encarnizada rival, y ella es Reina de Olar, esposa del rey Volodioso y futura madre del Rey Gudú. Lolita se tapa los oídos para no oír semejantes sandeces y prefiere volver al libro, a seguir sus devaneos por medio país con su padre putativo, con H.H.
La lectora mira a Ardid y la pequeña Reina la invita a viajar por los túneles hechos por el Trasgo bajo la tierra y a deleitarse con el mosto de los viñedos de las tierras cálidas del sur y a volar en la nube del Hechicero para contemplar desde lo alto las mil y una batallas de sus fieros guerreros en el dominio y conquista de la Tierra Media, pero cansada de tanta lucha y tanta sangre, cierra el libro, no sin antes despedirse de Ardid y sus amigos.

A la semana siguiente, la Lectora, sentada en el banco de piedra del Picnic, en el recoveco del paseo de los pinos, es la única adulta y por ende mujer, en aquella isla habitada tan solo por niños que juegan a cazar jabalíes y hacer asambleas al ritmo de una caracola, pero es invisible, ella no puede intervenir ni aconsejar, no le está permitido inmiscuirse en esta novela, no tiene ningún papel, no puede dar consejos a Jack ó a Ralph, ó a Piggy ó a los gemelos, ni puede abrazar tiernamente a los pequeños, porque desvirtuaría el sentido del relato del Señor de las Moscas, y se limita a pasear por la playa y a bañarse en las pozas azul turquesa, y lo que más hubiese deseado fue haber podido introducir un caja de cerillas para encender la hoguera y una arma de fuego para cazar y por encima de todo cordura y sensatez, solidaridad y amistad.

La lectora llora, porque Alicia Almenara está viendo con sus propios ojos un mundo esperpéntico de seres deformes, grotescos, absurdos, tanto física como psíquicamente en aquel hospital psiquiátrico de la llanura castellana. Y se siente tan identificada con Alicia, con su intelecto, su clarividencia, su snobismo, su misterio, que llegar a ser ella y pasea agarrada de la mano de la niña oscilante y charla amigablemente con su amigo Ignacio Urquieta y se enamora del doctor y el horror de aquellos seres se va transformando en cariño y simpatía, ahora es capaz de empatizar con ellos, incluso con el lascivo y sobón jorobado o el celoso y asesino hombre elefante, con todos, excepto con el prepotente Director y Alicia, cuando recobra la libertad, esta le parece un sinsentido y vuelve, vuelve a su Hospital para quedarse para siempre y la lectora ha de cerrar el libro con todas las fuerzas de su voluntad para no quedarse ella también encerrada allá dentro como Alicia al crecer y crecer y crecer en el país de las maravillas.

Y la lectora pasea por las calles de San Petersburgo, encerrada en el corazón de un joven estudiante atormentado que acaba de cometer un crimen pero que no se siente un criminal y observa el raro mundo de la sociedad rusa de Dostoyesvski, y se enamora de quien no le corresponde y ama y no le aman y se muestra indigno y tiránico con los personajes que aborrece pero tierno y generoso con los que ama, y juega en los casinos y se emborracha y se bate por honor y provoca con las palabras. Extraño mundo.

La lectora sonríe, encima de la mesa tiene dos libros abiertos al mismo tiempo, y sonríe porque un hombre alto, lánguido, barbas de chivo, estrafalario, acompañado de otro bajo y regordete cabalgan a lomos de un rocín y de un jumento por las calles de Verona, y descubren hombres armados que se baten a espadas, los Capuletto y los Montescos, y la Lectora, se esconde tras de un arbusto, al comprobar como el hidalgo Don Quijote, lanza en ristre acomete contra aquellos malandrines, pero ellos son más y le descabalgan, le muelen a palos y abandonado, presencia desde el suelo la riña de dos hombres, Romeo venga a Mercucio, cortando la vida de Tybal, el querido primo de Julieta. Curiosa forma de mezclar a dos autores que aunque llegaron a morir el mismo día del mismo año, un 23 de abril, nunca se llegaron a encontrar ni tal vez a saber el uno del otro.

Y la lectora regresó a la biblioteca a proveerse de otro libro para leer entre los pinos y jugar a ser protagonista de los mismos.




Reseñas literarias :

La princesa de Babilonia, de Voltaire.
Lolita, de Vladimir Nabokov
Olvidado Rey Gudú , de Ana María Matute
El señor de las moscas, de William Golding
Los renglones torcidos de Dios, de Torcuato Luca de Tena
Alicia en el País de las Maravillas, de Lewis Carroll
Crimen y Castigo, Noches blancas, el Jugador, de Dostoyesvski
Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes
Romeo y Julieta, de William Shakespeare

Harapos de piedra

¿Habéis visto hablar a los ángeles?
¿¡No!?
Pues cogeros de las manos y veréis lo que esta noche dicen:
Mirad, ¿le veis? . Son huesos que caminan hacia la piedra de siempre, ese sitio ha conocido muchos como él. Hoy brilla el astro, pero ayer llovió y quedan aun charcos en la escalera, saca ese pañuelo y va secando el escalón que hace el número trece
¡El mundo pasa a su lado! .
Se sienta, hoy en un cartón nuevo, el de ayer tenía tres meses y a su lado, con el cuidado de un padre, tiende su pañuelo mojado
¡ El mundo sigue pasando !.
Su espalda vieja ya no siente el hielo que sube y baja de aquella caverna oscura por la que el mundo pasa, cada día, cada tarde, cada mañana. No es nadie, nada tiene, unos guiñapos de antaño y una juventud que le robaron hace ya años.
Sus ojos no sienten, la indiferencia, la desgracia, el sufrimiento, el olvido, el hambre, los han secado y no hay odio en ellos, sólo ….. No, ni siquiera eso, también le han robado sus sueños.
Su mano, hueso y hueso, caída sobre el escalón apunta con sus dedos al cielo, su cabeza reclinada sobre sus harapos, no alcanza a levantarse y…
¡El mundo pasa a su lado!
Hoy, un niño sonriendo se ha acercado, él ha levantado su cabeza y sus ojos seguían vacíos. Una moneda ha caído de unas manitas asustadas y un trote de miedo los ha alejado a los dos, ella rodando hacia la caverna, y las manitas, llorando, se han agarrado a otras más grandes.
Ni los niños le hacen sentir ya, porque no fue ni niño, no conoció juegos y sus juguetes fueron el arado, el martillo y la carretilla.
Pocas tardes su pañuelo está tan vacío como hoy, algunas viejas beatas sacan una moneda de sus bolsos para él y se alejan diciendo: siempre les doy dinero a los pobres, me dan lástima, así pasan con la cabeza bien alta para luego murmurar: No sé porque les doy dinero, si luego se lo gastan en vino.
Es viejo, su barba lampiña, su ropa andrajosa, su poco pelo gris, su andar cansado y su historia morirán cuando él muera y ….
¡ El mundo pasará sobre su tumba! ,
Pisoteará las flores que nadie le lleve, y verá a su un hermano en el escalón que hace el número trece de cualquier estación, de cualquier plaza o de cualquier calle, con los dedos de la mano apuntando al cielo, ¡ pidiendo limosna ¡.
Duerme, donde puede y le dejan y su único compañero, el que le ayuda a pasar mejor las horas largas de la noche está siempre encerrado en una botella de cristal, más, al despertar ya se ha ido y le ha dejado para que vuelva al escalón que hace el número trece.
Es humano y …
¡ La humanidad sigue eternamente pasando a su lado!
Y volviendo su cara hacia donde él nunca está, disimulando haber oído sus gritos y corriendo para no oírlos más, porque él grita, aunque no sea con su boca, grita con su mano y sus harapos pegados a la piedra.
Es rico sin poseer nada, su segundo placer, pedir fuego a quien pasa para su cigarrillo hecho de mil trozos que el mundo va dejando cuando de él se harta. Con sus manos de hueso va desliando el montón de cigarros que ha recogido del suelo, medio quemados y tras cinco o seis y con un papel que compra en el estanco ha creado su pequeño placer.
El mundo al pasar a su lado, si alguna vez se detiene, sólo dice palabras, palabras, palabras…. ; palabras que no darán de beber ni de comer, palabras que darán una vuelta y al explotar iluminarán como fuego de artificios algunas mentes, para luego como fuegos caer en el olvido para siempre.
De los pobres será el reino de los cielos, más no de los pobres de espíritu, él lo es de todo, se cansó mucho ha de pedir ayuda y vagabundo solitario, envuelto en sus harapos, camina por un camino yerto y nublado.
No le quieren ya en ninguna casa, en ninguna, y dormita, teniendo de colchón cuatro barrotes de hierro de un banco de……, de cualquier parte; su manta, las hojas de un periódico cogido de la basura que el basurero permitió que se llevara y…
¡El mundo duerme tranquilo!
Unos dientes le hicieron brotar de madrugada, un hilo rojo en sus huesos, pero sonriendo de rabia y orgullo dejó tras de sí los ladridos que reclamaban el maná de la mañana.
Tiene canas en su cuerpo, pero no va a permitir que el mundo pase más a su lado y con sus manos de hierro y sus uñas de nervios va a agarrarse al mundo, hasta lograr pararlo y subiéndose a él va a decirle:
¡ Arreeeeee ¡ ¡Arreee, mundo, Arreeeee ¡ ¡ Para cuando yo te lo mande !
El orgullo de la sangre, la rabia del dolor parecen cambiarle, ahora tiene fuerzas para llevar las riendas y ordenar y hacer quien sabe que cosas más.
Un charco pequeño, cada vez mas grande, va secando el mar de duelos, va secando los huesos y anegando el césped del cementerio, y sus uñas, escarbando la tierra, parecen querer llegar a sus entrañas, para que nadie vea morir, con guiñapos de piedra, al hombre que le dijo al mundo:
¡ Arreeeeeeeee ! ¡ Para , cuando yo te lo mande !
Y el mundo no sabe, ni respetar su vida, ni respetar su muerte, sólo pasa y mira,
¡ Un muerto más ! ¡ Es el de siempre !
El testamento que nunca hizo porque nunca supo que era eso, decía: que mis ropas sean para el primero y a cambio, dadme eso que bien sabéis que más quiero, una botella llena del más dulce néctar, que me ayude a pasar las frías noches de infierno, y un pañuelo y un cartón viejo y yo sabré traeros unas monedas del cielo.
¡¡… Y su historia morirá cuando el muera, y el mundo pasará sobre su tumba y pisoteará las flores que nadie cada noche le lleve….!!